Monumenta Tovosi

martes, 4 de enero de 2011

Demasiadas Estrellas

CUENTO CON MOTIVO
DE LA EPIFANÍA-REYES MAGOS

 
Las noches del invierno se precipitan sobre los páramos de las tierras de Judea, extendiendo el frío y la oscuridad. La gente acude entonces al hogar para encender el fuego de la cocina y refugiarse junto a su familia. Después de cenar, los adultos realizan faenas sencillas en la casa y los niños juegan o quizá escuchan historias a los ancianos hasta caer rendidos por el sueño.
 
El cielo está raso, no hay nubes y el titileo oscilante de las estrellas pone un resquicio de luz en la cúpula negra del firmamento. En el relieve de una leve colina se distingue una comitiva. Se trata de una caravana. Quizá sean comerciantes que trasladan telas, cereales o especias, atravesando los páramos. No llevan grandes fajos en los escasos camellos y asnos. Más bien parece una avanzadilla de soldados. Viajan ligeros y protegen fuertemente a tres personajes principales. Arañan el polvo del sendero y, a buena velocidad, llegan hasta el poblacho, donde la gente ya dormita en sus casas.
 
El personaje que encabeza la fila se dirige hacia una casita aislada. Fuera hay yunques, martillos y aperos de trabajo, hierros y maderas. Desciende de su enjaezado caballo y golpea con decisión la puerta del herrero. Mientras espera, mira hacia el cielo negro donde una gran estrella fogonea de coral amarillo con su aureola. Después sonríe, tras ver el asentimiento de sus compañeros.
 
En las rendijas de las ventanas corre un reguero de luz y la puerta se entreabre. Alguien grita desde dentro:
- ¿Quiénes sois? ¿Qué queréis?
Aquella voz asustada muestra preocupación. Parece estar dispuesto a defenderse. Otro de los personajes de la comitiva añade sin bajarse de su camello:
- No te inquietes. Somos gente de bien. Venimos siguiendo una estrella mensajera. Ella nos trajo hasta tu casa esta noche. Necesitamos preguntarte algo. No temas.
El herrero del pueblo abrió lentamente su puerta y tras un ojo muy abierto apareció el otro, luego el rostro entero. Relajó lentamente la estaca en sus manos y esperó en silencio. Los de la caravana parecían de reyes. Venían ricamente ataviados. Descendieron de sus cabalgaduras. El más alto, llamado Gaspar, preguntó:
- ¿Ha nacido durante estos días un hijo tuyo?
El artesano en la puerta se quedó perplejo. Y, sin dejar de mirar a quienes le preguntaban, respondió abriendo del todo la puerta. Tras él, su esposa sostenía en pañales un niño recién nacido resueltamente dormido. A sus faldas otros tres chicos ojerosos completaban la familia.
- ¿Cómo habéis sabido lo de mi hijo? -preguntó la mujer- Nació hace dos semanas. Tiene por nombre Rubén y Dios, que es grande, quiera que sea un hombre justo y honesto.
Otro de los reyes, Melchor, ante la sorpresa general de los aldeanos que ya empezaban a mirar, curiosos, por las ventanucas vecinas, cogió de su montura un cofre pequeño:
- Llevamos meses mirando a los astros del cielo. Hemos seguido una estrella que esta noche se detuvo en tu puerta, buen hombre. Todo hace prever un nacimiento espectacular. Vuestro hijo está llamado a ser alguien grande que muestre el rumbo de la salvación para su gente.
Se acercó más y entregó al padre el regalo en postura reverencial. Agachó la cabeza:
- Toma un poco de nuestro oro. Es el metal más rico, digno de un rey. Quizá tu hijo esté llamado a ser rey.
Alguno de los niños se desperezaban rascándose la cabeza, pero todos estaban sorprendidos por aquella visita real. Real y nocturna. Nunca ningún rey visitó aquella aldea perdida ni de día ni de noche.
Uno de los soldados se acercó deprisa al rey postrado y, en su lengua, le indicó que mirara la estrella.
- No puede ser ¡No puede ser! ¡Otra vez no! Cuando creemos que es la estrella verdadera que estamos esperando, va y se apaga, se esfuma como si se la tragara la noche.
Gaspar se adelantó a tranquilizar a todos y miraba al herrero, sin poder ocultar también su desagrado:
- Llevamos años estudiando el cielo y sus signos. Coincidimos en nuestras lecturas de los astros en que alguien muy importante ha de nacer durante estos días. La señal será una estrella poderosa. Ella nos dirigirá al lugar oportuno.
- Sí -añadía el tercer rey, Baltasar-, pero cuando creemos ser guiados por la estrella, se difumina en la oscuridad. Y nos deja con más dudas que al principio. ¡Ya me duele el cogote de tanto mirar hacia arriba!
La madre con su niño en pañales, entendiendo aquello como una equivocación, se acercó lentamente al rey y le devolvía su cofre de metal amarillento.
- No, buena mujer. Quizá tu hijo está llamado a realizar grandes cosas. Y además lo necesitarás para sacar adelante toda tu familia. Acepta nuestro ofrecimiento.
Saludaron con una sonrisa y, sin más dilaciones, se montaron en sus animales. Retomaron el sendero, mirando con disgusto nuevamente al cielo.
 
****
Días después cuando acampaban de noche en un palmeral, uno de los soldados gritaba a sus reyes, señalando a lo alto:
- Mirad allí, al oeste. ¡Es la estrella!
Inmediatamente apagaron el fuego a patadas, levantaron el campamento y seguían a la estrella del Oeste. Ya casi al amanecer se detuvieron al compás de la estrella en unas casas de labriegos muy pobres a la orilla de un riachuelo casi seco. Eran gentes que tuvieron que emigrar de su tierra y poner en aquel pequeño valle su mísero asentamiento.

La columna de soldados y animales repartía el miedo, aunque no fuera de manera deliberada, y al llegar a las puertas siempre las encontraban cerradas.
- Queridos aldeanos, salid. Somos hombres que buscamos la sabiduría y el bien. ¿Quién vive en estas casas?
En el relente de la noche lentamente salieron varias familias. Los niños pequeños llenos de harapos y las madres curtidas por el trabajo siempre excesivo. Un hombre gritaba al resto de la población que trabajaba en los cercanos campos. Y vinieron muchos alertados y jadeantes. Un hombre maduro y de mirada complaciente se acercó.
- Aquí vivimos mi familia y yo. Soy Joaquín y ésta es mi esposa y mis hijos.
Y un llanto agudo vino desde el interior indicando una criatura.
- ...Y el pequeño Joaquín, que hace dos días nació -añadió el padre-.
Los reyes se miraron complacidos y cómplices al oír estas palabras. Y se bajaron de sus cabalgaduras para hacer gesto de adoración a la familia en aquella suave mañana invernal. El rey de pelo castaño, Gaspar, se aproximaba a la familia de Joaquín con una bolsa encurtida y decorada.
- ¿Qué es esto? -preguntó el cabeza de familia, cuando la depositó en sus manos-.
- Es incienso, la resina de un árbol que, al quemarla, ofrece un olor agradable y profundo.
- Y ¿por qué me lo ofreces?
- Es para tu pequeño. Andamos buscando señales en el cielo que nos indicaran el nacimiento de alguien importante, alguien que vendrá de Dios mismo para señalarnos el camino de la justicia y la verdad. Quizá sea tu pequeño Joaquín. Vende parte de este caro incienso y con el resto alimenta a tu familia. Cuando sea mayor tu hijo ofrecerá el resto del incienso en el templo. Recuerda decirle que esta resina tan especial sólo es para Dios.
- Te lo agradecemos, porque somos pobres y esto aliviará nuestra hambre. Así podremos pagar al dueño de la tierra el arriendo de este año. Gracias.
No dijeron más. Montaron los viajeros en sus caballos y camellos. Y partieron hacia el oeste. Cuando otearon el cielo para ver la estrella no vieron nada. El sabio Melchor dijo entonces que la estrella que perseguían aquella madrugada había desaparecido justo al llegar al poblado. No dijo nada porque el imprevisible aparecer y desaparecer de los astros empezaban ya a resultar signos juguetones del cielo.
 
****
En aquel firmamento revolucionado y alterado pudieron descubrir, tres días más tarde, otra llamarada. Era una luz muy intensa y oscilaba lentamente en el cielo. Esta vez no tenían que correr detrás de la cola del cometa y pudieron acompañar la señal del cielo durante varios días. Les guiaba hacia las montañas. A su paso los reyes comprobaban las dificultades de las gentes para poder vivir con los pocos recursos que sacaban de la estéril tierra.

La última noche se detuvo encima de un aprisco de ovejas y cabras. Al lado una mampara de pastores servía de refugio a una familia muy pobre. Más pobre que la familia del herrero y el agricultor. Una triste y humeante hoguera ofrecía calor a dos pequeños acurrucados en torno a su madre, quien daba el pecho a un bebé, mientras preparaba la harina. El padre, con un perro a sus pies, vigilaba el ganado en la portezuela. Chisporroteaba la lumbre cuando se acercaron los caminantes. Se levantó el pastor con inquietud y esperó alguna señal de quienes venían en caravana.
- Buenas noches, pastor.
- Buenas noches -saludó, a su vez, el pastor-. Las caravanas por aquí acostumbran a descansar cuando se pone el sol y vosotros aún vais de camino. ¿A dónde os dirigís?
- Venimos de lejanas tierras siguiendo la estrella -y señaló hacia arriba siquiera sin mirar-.
- Yo también la he visto durante estas noches. Hoy se detuvo encima y no sé qué irá a pasar, pero no me gusta nada de nada. El cielo siempre está sembrado de malos augurios.
- Confía en nosotros, pastor –respondió uno de los sabios-. Esta noche se detuvo en tu portal, porque tu hijo pequeño, el que acaba de nacer, está en este mundo para ser bálsamo de buen olor agradable a Dios y a las personas.
Y el mayor de los reyes, Baltasar, con paso renqueante, se bajó de su silla y levantó singularmente los brazos con un nuevo regalo, esta vez para el pastor. El perro empezó a ladrar, pero no detuvo al anciano, decidido en su ofrecimiento, tras muchos meses de búsqueda.
- Toma. Es mirra.
- ¿Para qué sirve?- respondió el pastor-
- Es una resina muy preciada, que se utiliza para hacer perfumes, acompaña el ungüento de algunas medicinas, consagra a los sacerdotes y da nuestro último adiós al cadáver de los seres queridos.
- Nunca oí hablar de ello...
Respondió el pastor mientras abría con cuidado la caja de madera de donde salió al instante un perfume dulzón. Continuó:
- No había visto nada parecido, pero seguro que puedo venderlo para alimentar a mis hijos.
- Sí. Sobre todo al niño que acaba de nacer -dijo, sonriente, otro sabio desde su puesto-.
- Tienes razón -dijo el pastor, que seguía embobado con la mirra-, pero es una niña. Una niña que tiene por nombre Miriam, como su madre.
Los reyes se sintieron confusos y excitados. Se bajaron de sus animales y estuvieron hablando en corro durante minutos.
- ¿Qué es esto, Melchor? Nunca dijiste nada de una mujer.
- No podíamos saberlo todo de la estrella y de sus signos.
- Lo que debe acontecer -sentenció Baltasar-, sucederá para bien de toda la humanidad. Las mujeres y los hombres deben aprender a compartir sus responsabilidades, también el cielo lo indica así.
Regresaron a sus grupas y le dijeron al pastor:
- Recuerda esta noche a tu hija cuando sea mayor. Vende parte de la mirra, pero con el resto tu hija sabrá qué hacer. Me parece que ella descubrirá la vida incluso en los momentos en que esté de huida toda esperanza y la muerte lo abarque todo. Adiós, pastor. Y sigue mirando al cielo, que de él se puede esperar un futuro mejor.
 
****
Los viajeros de la noche miraron con detenimiento los rincones oscuros del firmamento. La estrella, por supuesto, había desaparecido. A pocos kilómetros, levantaron una vez más un campamento provisional y esperaron nuevas señales.
Una noche silenciosa y muy fría, conversaban en el fuego con la soldadesca. De pronto pareció ser de día por unos segundos. Una estrella grande y majestuosa surcó el cielo en dirección a la pequeña aldea que habían dejado atrás en la noche. Ralentizó su paso en el cielo e inconfundiblemente señalaba algún lugar de las afueras, porque las altas casas principales del centro permanecían en penumbra.
De nuevo el alboroto en la comitiva. Prisas y jaleos para preparar las cabalgaduras. Y a la cabeza, como siempre, escrutando el camino con cariño y contemplando las señales del cielo y de la tierra, los tres sabios que dejaron sus reinos para buscar al niño que había de nacer. Querían adorarle, porque sería Príncipe de este mundo, aunque iban descubriendo sus señales en casas pobres y no en ricos castillos. Acostumbrados a las lindezas de sus propios palacios, al comienzo, no podían comprender cómo una persona destinada a ser luz de las gentes y principal entre los principales podía nacer tan humildemente, en la pobreza. Con el tiempo fueron descubriendo que las estrellas les estaban dando información sobre quien nacería.
Envueltos en estos pensamientos bajaban deprisa la pendiente. Los tres hombres sabios acostumbraban a mirarse de reojo para comprobar los sentimientos y reacciones de sus compañeros. Melchor se rascaba la barba, dubitativo, mientras Gaspar y Baltasar no dejaban de mirar la radiante luz. ¿Qué nuevas sorpresas les traerían aquellos fulgores de estrellas en la noche? ¿Quién sería el pequeñín? ¿Cuál sería la historia de sus padres? ¿Qué nueva pobreza tendrían que contemplar? Por suerte, y por previsión, les quedaban regalos suficientes: un poco más de oro, un poco más incienso y también unos pellizcos más de mirra. El grosor de los bultos del equipaje había mermado notablemente en las últimas semanas. No sólo los niños del herrero, del agricultor y del pastor se habían beneficiado de la generosidad de los sabios. Muchos niños de las aldeas donde pernoctaban llevaban de regreso a sus hogares pepitas pequeñas de oro, bolsitas de incienso y paquetitos de mirra. Muchos quedaban asombrados y a todos les ayudaba para llevar a la mesa un poco más de pan, unas herramientas nuevas para el trabajo, una pizarrita para la escuela o alguna esperadísima medicina imposible hasta el momento. Ilusiones desconocidas para los pobres, regadas por tres hombres sabios que buscaban el cielo en la tierra.

- Regresamos hacia la aldea donde ayer encontramos tanta gente por las calles. Vienen de lugares distantes obedeciendo el mandato del Emperador y poder empadronarse para hacer contabilidad de las personas que tiene el imperio. ¿Cómo dices que se llama el lugar? -preguntaba Melchor-.
- Belén. Recuerdo que un aldeano me dijo que su nombre es Belén de Judá -respondió Baltasar-. Pero con mis años, la memoria...
- ¡¡Arre, arre, caballito!!
Y la comitiva apretó el paso siguiendo a Gaspar, quien recordó haber leído en las Escrituras del pueblo hebreo que aquella humilde población estaba llamada ser la más grande entre las ciudades de la región. ¿Quizá la ciudad de un rey?
...Y es que en cielo siempre hay ¡demasiadas estrellas!
 
Autor: Esteban Díaz Merchán (Sacerdote Operario Diocesano. Parroquia Mosén Sol -Majadahonda)

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Video: Del creador de la Imagen de nuestra patrona la Santísima Virgen de los Remedios, D. Jesús Méndez Lastrucci, les ofrecemos la presentación NATIVIDAD Y EPIFANÍA en San Lorenzo (Sevilla): http://www.youtube.com/watch?v=4rSdhRV992g